América Latina: una encrucijada, varios caminos – Parte final

Los caminos del desarrollo

Lo que intento decir es que necesitamos un Estado de calidad para que funcionen tanto la democracia como la economía de mercado, a lo que debe agregarse una observación bastante obvia: cuesta mucho dinero forjar un Estado de calidad, con buenos parlamentarios, buenos jueces, buena educación, funcionarios competentes, una sanidad aceptable y una infraestructura razonablemente eficiente, capaz de segregar y sostener potentes clases medias. Pero, como sucede que los Estados sólo disponen de los excedentes que aporta el aparato productivo, la condición esencial para poder lograr ese objetivo es construir el mejor modelo de producción capitalista, para poder llegar, poco a poco, al tipo de sociedad opulenta que vemos en el Primer Mundo.

Vuelvo al título de estos papeles: una encrucijada y varios caminos. La encrucijada está ante nuestros ojos: vivimos en un universo que debemos cambiar radicalmente. El cambio que nos proponen los enfebrecidos radicales de siempre es, como no ignoramos, el llamado socialismo del siglo XXI, que ya sabemos nos conduce al abismo. Pero ¿cuáles son los otros caminos que podemos explorar? Todos, por supuesto, son variantes de la estructura republicana clásica, dotada de economía de mercado y caracterizada por la existencia de propiedad privada. Pero hemos comprobado que ese modelo no es suficiente. Al fin y al cabo, en Honduras y Haití, al menos teóricamente, funcionan tanto las estructuras republicanas como la propiedad privada y son dos países muy pobres. ¿Por qué?

Hay que advertir que existen diversas variantes de eso a lo que llamamos capitalismo, y algunas paralizan casi totalmente el proceso de creación de riquezas. El capitalismo de Estado, o Estado-empresario, suele ser nefasto. Los gobiernos, amparados en el discurso nacionalista, se convierten en gerentes de empresas públicas, que se tornan una fuente de corrupción, nepotismo, atraso tecnológico y pésima asignación de recursos, como han podido comprobar prácticamente todos los países que se embarcaron en esa aventura estatista, desde México hasta Argentina.

El capitalismo mercantilista no es mucho mejor. Provenía de los privilegios medievales, pero comenzó a desarrollarse enérgicamente en el siglo XVII, en época de las monarquías absolutistas, y desde entonces ha tenido defensores y beneficiarios, aunque fue contra éste que se alzaron los próceres de la independencia latinoamericana, desde Bolívar hasta Hidalgo. En el capitalismo mercantilista el poder político elige a los empresarios a los que desea favorecer y establece con ellos una suerte de alianza non sancta. Los protege de la competencia, les otorga monopolios y les entrega mercados cautivos para que se enriquezcan rápida y permanentemente. A cambio, los empresarios mercantilistas sostienen a los políticos que les favorecen, creándose así un círculo vicioso en el que los consumidores son invariablemente perjudicados.

El capitalismo oligárquico es parecido, pero son los empresarios los que poseen el control de la actividad política y colocan o suprimen candidatos. Generalmente, el poder económico recae en unas pocas familias, que manejan el grueso de la economía, poseen amplios conglomerados de empresas, compran leyes especiales, dictan las reglas que mejor se acomodan a sus intereses y se asocian para suprimir la competencia, recurriendo a veces a la intimidación y la violencia. Son Estados secuestrados por los poderes económicos.

Por último, llegamos al modelo capitalista realmente eficiente y generador de riquezas con vocación globalizadora. Es el capitalismo empresarial, abierto al mercado y a las inversiones extranjeras, reacio al proteccionismo, muy vinculado al comercio internacional, en donde no se cierra el camino a ningún agente económico, nacional o foráneo, y en el que el Estado es un árbitro neutral sin favoritos, que facilita y estimula todas las transacciones comerciales legítimas, en procura de la diversificación creciente del parque empresarial y de un aumento constante de la productividad y de la complejidad técnica y científica, para que pueda ascender permanentemente el nivel de vida de la clase trabajadora y los niveles sociales medios.

Ese tipo de modelo económico, que no se crea en un año, pero sí en quince, en el curso de una generación, como se demostró en Singapur, en España o en Taiwán, es el que puede generar los recursos que se necesitan para costear un Estado de calidad que garantice un clima social estable y el mantenimiento de unas robustas clases medias. Hasta que no lo logremos, desgraciadamente, nuestros pueblos vivirán al borde del despeñadero, al alcance de cualquier aventurero que se proponga asaltar el cielo, aunque acabe desembocando en el infierno.

Publicado em “Libertad Digital”

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