Cartas (Sin Encriptar) Desde Cuba

No es la primera vez que un artículo de Fernando Ravsberg, corresponsal en Cuba de la honorable BBC, me deja una sensación frustrante, agridulce, como resultado de ciertos análisis a mi juicio epidérmicos e inconsistentes, establecidos por él.

Sin embargo, es la primera vez que decido comentarlo por escrito. Ahora, tras leer el último post de su blog, rompo mi hielo.

Desde luego, sabía de la amplia aceptación que posee “Cartas desde Cuba” entre algunos lectores de mi país, incluso entre amigos personales míos; y sabía, también, del notorio descrédito que posee este periodista entre la comunidad de blogueros independientes, y entre muchos intelectuales cubanos que, además de ejercer su derecho al desacuerdo con los dogmas oficiales, tienen a la palabra escrita como vía de expresión fundamental.

Su leído blog, además de seguido por quienes ven en él un abordaje diferente de la cotidianidad nacional, es criticado por otros que tildan de complaciente y vagamente hipócrita, el guante de seda conque Fernando Ravsberg dibuja la realidad de la Isla para el mundo. Que nadie lo dude: un blog hospedado en BBC, tiene lecturas per se y esto implica una responsabilidad en mayúsculas.

¿En cuál de estas dos facciones –si cabe el cisma- me incluyo yo? Pues de vez en vez paso por su ciberpágina, “escucho” su visión particular de los hechos, asiento o disiento, y siempre respeto, como colega, el ejercicio intelectual que implica querer reflejar a un país tan convulso como Cuba, en unos pocos párrafos.

Si me pongo estricto debo decir, también: estoy seguro de que la BBC encontraría mejores profesionales que enviar a la nación caribeña. Fernando Ravsberg no es un periodista significativo en nuestro idioma, hoy, y se desempeña en uno de los escenarios más complejos y desafiantes (Cuba) que se puedan en encontrar en la actualidad.

En mi escala personal es un artesano de la palabra, alguien con una redacción de academia, correcta gramaticalmente, pero sin algo inherente a todos los exponentes del periodismo memorable: un estilo depurado. Su escritos, aun los mejores y más punzantes, transpiran una elaboración oficinesca, de informe. Por suerte, siempre tienen la virtud de la brevedad.

Sin embargo, no es esto lo que ahora, luego de leer “La luna de miel, la guerra virtual, y la vida real”, me impulsa a escribir sobre el jornalista uruguayo que desde hace mucho deambula, lente y pluma en mano, por entre las ruinas de nuestra Habana singular.

Se trata de que Fernando Ravsberg no comprende por qué los blogueros independientes, o los opositores clásicos, necesitan encriptar sus mensajes para sacarlos fuera de la Isla, o incluso para comunicarse intramuros.

A esto yo, cubano como no es él, le agrego: no solo los desafectos, también millones de ciudadanos comunes necesitan comprimir, encriptar su comunicación, si pretenden conservar un mínimo de privacidad personal.

Cito a Ravsberg en su desafortunado texto: “Los blogueros disidentes se defienden diciendo que en Cuba no se respeta la privacidad y por eso critican las técnicas de encriptación. Podría ser pero apuesto a que en estos tiempos los mensajes cifrados despiertan suspicacias hasta en la nación más democrática del mundo.”

Y luego, agrega: “A lo mejor es que conozco poca gente pero no hay uno solo de mis amigos que utilice claves para comunicarse por Internet.”

Bien mirados, análisis como estos son los que generan mi desconfianza hacia el pensamiento inteligente de este profesional de la comunicación. O peor aún: hacia su compromiso con la verdad.

Porque sosteniendo semejante tesis, Fernando Ravsberg olvida, desconoce, u oculta, una verdad como un templo: en las naciones democráticas los individuos no solo no encriptan sus mensajes disidentes, sino que se rompen la cabeza buscando maneras de hacerlos más públicos.

Nunca olvidaré mi fascinación, tres días luego de pisar suelo americano, al mirar a un anciano junto a un semáforo con un letrero –republicano- que rezaba: “Cuánto más debe pasar para que comprendamos que Obama no era elegible ni para Presidente, ni para Premio Nobel”.

En las naciones democráticas, sólo quienes colocan artefactos explosivos en estaciones del metro, contrabandean órganos y estupefacientes, o perjudican a la sociedad con sus actos delictivos, son los que necesitan proteger sus comunicaciones electrónicas o telefónicas. No los ciudadanos de ley.

Y si el colega de la BBC afirma que ni uno solo de sus amigos utiliza claves para comunicarse por Internet, su afirmación nos conduce a dos posibilidades:

1. El hombre elegido por los ingleses para husmear la esencia de la sociedad cubana, no tiene entre sus afines a un solo cubano “de a pie”, de los que establecen contraseñas a sus archivos comprimidos con WinRAR para comunicarse privadamente con un familiar residente en el exterior, o armarse un viajecito de escapatoria.

2. El hombre elegido por los ingleses, no posee la más mínima idea de qué es utilizar una Internet clandestina, con passwords protectores o proxies anónimos que oculten los sitios que deseas visitar.

Y no lo sabe por una razón medular, esencia de mi inconformidad como colega y como parte de esa lastrada nación que él ha decidido recrear: porque Fernando Ravsberg pretende establecer juicios bien fundados en torno a un país que desconoce en su esencia.

Para beneficiarlo con la duda, para no arrimarle el juicio aplicable a tantos jornalistas que, en aras de conservar su permanencia en ese escenario jurásico, exótico, que es Cuba, deciden emplear una acuarela de paisajito turístico para pintar sus retratos escritos, prefiero llamarle foráneo poco integrado. No oportunista.

Pero no puede respirar el mismo oxígeno tropical cubano, quien luego de salir de un debate promovido por la revista “Temas”, en la angosta sala Fresa y Chocolate de la capital, corre a su página y cuelga vítores hacia una supuesta tolerancia, un progreso en la libertad de expresión, en los mismos días en que Esteban Morales era expulsado del Partido por criticar la corrupción, y yo mismo perdía mi trabajo por disentir de la política informativa nacional.

Grave en el periodismo de respeto: poco después, en un nuevo post, da marcha atrás a su júbilo estentóreo, y admite la mordaza impuesta por los propios organizadores del cívico debate, que le prohibieron, si quería continuar asistiendo, escribir sobre lo que allí ocurría.

Más grave aún: semanas más tarde, el correcto Ravsberg acepta las reglas del juego, y para conservar el permiso de entrada al debatito de sala capitalina, publica un post como un guiño, sobre “lo que nunca ocurrió” allí. El guiño es este: “Fíjense que no dije nada, no me cierren las puertas, ¿sí?”

Por encima de mis criterios muy personales, por encima de mi real respeto hacia su forma de ejercer este oficio nuestro tan complejo y subjetivo, y por encima de mis transparentes valoraciones en cuanto a su elemental manejo de la herramienta básica del periodismo, la palabra escrita, a Fernando Ravsberg le sobrevuela un juicio ético y moral que, si es un hombre honesto –como creo que es- debería plantearse muy pronto, con acidez: “¿La Cuba que describo, es mi Cuba de uruguayo semi asimilado y bien favorecido, o es la Cuba que un periodista exigente y veraz debería radiografiar?

No existe periodismo intenso sin conflictos. Quien desee quedar bien con Dios y con el Diablo, que cambie de profesión. O, alternativa misericordiosa, que se mude de contexto y escriba un blog titulado “Cartas desde Suiza”. Allí estoy seguro que no conocerá ciudadanos que necesiten protegerse del gran ojo que todo lo mira, encriptando sus mensajes.

Escribir sobre Cuba les queda grande, perdón por el absolutismo, a quienes no padecen con honor los achaques de un país adolorido, o a quienes no les pusieron en las venas una dosis extra de compromiso, ética, y valor.

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