Se lo escuché decir a un gran hombre durante una reciente entrevista televisiva: preguntado por el panorama inminente de Cuba, el sacerdote José Conrado, de visita en Miami, respondió que para él se avecinaban buenas noticias, esperanzas próximas en un horizonte complejo.

De repente, escuchando su audaz afirmación, me di cuenta de algo: yo la compartía al cien por cien. Creo que hasta ese momento no lo había notado con precisión, pero sí, tengo una suerte de optimismo sensorial que me permite pensar a esta Cuba de hoy, que no me gusta, con el cariño de quien sabe que pronto le puede empezar a gustar.

Dicho así podría sonar incomprensible. Ergo, merece argumentación.

Quizás el pilar más fuerte sobre el cual se sustentan los regímenes totalitarios es la inmovilidad. El estatismo. La historia contemporánea nos ofrece testimonios evidentes: cada vez que estos sistemas centralizados han pretendido adaptarse a nuevas épocas, modernizarse mediante perestroikas revitalizantes y glasnosts de supervivencia, ha sobrevenido la incertidumbre como antesala del colapso total.

La razón, a mi juicio, es primaria: no existe manera de calcular matemáticamente el impacto de transformaciones profundas en sociedades que hasta ese momento habían permanecido estáticas. Digamos que es una especie de “efecto mariposa”: los tanques pensantes saben dentro de la probeta qué quisieran modificar y qué no, pero una vez fuera de esta, los acontecimientos casi siempre son impredecibles y superan las previsiones más aguzadas.

Con esta premisa de fondo cabe preguntarse, por ejemplo: ¿cómo se las arreglará en lo adelante la policía política con un hombre engrandecido por la cárcel como Oscar Elías Biscet otra vez libre, otra vez batallante en las calles de Lawton?

O sea: la planificación llegaba hasta su liberación, hasta el instante en que ponían fin al lastre que significaba, para la opinión pública internacional, tenerlo a él y a decenas de presos de conciencia dentro de las prisiones cubanas.

Como medida de precaución, como astuta jugarreta política, decidieron estrenar una serie documental que “quemaba” agentes encubiertos de la Seguridad del Estado, cuya finalidad expresa –hoy así lo veo- era preparar el terreno pantanoso desacreditando a una oposición que, inevitablemente, se fortalecería con la excarcelación del doctor disidente y sus compañeros de causa que no aceptaron el destierro.

Sin embargo, ¿y ahora qué? Oscar Elías Biscet ha manifestado su posición de siempre, su talante inclaudicable de hombre sin miedos ni cerrojos. Su nombre se ha fortalecido, ha crecido como símbolo nacional e internacional… y ahora ha regresado a las calles.

¿Qué hará el establishment esta vez? ¿Lo pondrá de nuevo en la cárcel cuando Biscet renueve sus protestas públicas, su activismo? Obviamente no. Al menos, no durante mucho tiempo. Estarían bailando un chachachá político (pasitos para adelante, pasitos para atrás) que no es siquiera imaginable.

La planificación estratégica, el ajedrez de contención, les queda grande esta vez.

Otro tanto sucede con una realidad más contundente aún: la actualización del modelo económico a fuerza de despidos. Medio millón, de momento, a la calle. Luego, medio millón más. Los arduos todopensadores implementando el update que salvará por fin a la nación del hambre y la destrucción.

La pregunta es: ¿cómo sostener la estabilidad social en un país donde casi el 25 porciento de la población laboral activa deberá agenciárselas por su cuenta, sin que exista un mecanismo que les permita buscarse la vida?

Antes de salir de Cuba, hace poco más de dos meses, observé una realidad concreta: la multiplicación alucinante de vendedores de frituras. Pero aún no han comenzado los despidos en masa. Hasta hoy han ocurrido con timidez, con temor: es palpable que ni siquiera podrán cumplirse antes de abril como se había anunciado. A pesar de ello, ocurrirán.

¿Y cómo se supone que subsistan apaciblemente cientos de miles de vendedores de fritura? Los mercados siguen desabastecidos, los productos para elaborar comestibles más refinados siguen con precios de ciencia ficción: los puestos de fritura se propagarán como plagas modernas.

¿Serán suficientes, una vez más, las consignas fervientes, los documentales con héroes malhablados, chivatos de poca monta, para generar estabilidad social cuando se introduzca en la Isla un elemento hasta hoy desconocido como lo es el desempleo?

Por otra parte, ¿cómo sostener la docilidad y el apoyo masivo de un pueblo que, a diferencia del que sobrevivió la crisis delirante de los noventa, ya sabe del mundo exterior y de los inconformes del interior gracias a la tecnología e internet? Son tiempos modernos, tiempos donde el lavado cerebral se entorpece por tanto blog independiente, tanta voz resonante desde las mismas calles de nuestra Cuba insular.

Qué nos muestra el horizonte, pues: digamos que un panorama enrarecido. Tan difícil de analizar y comprender como las acciones de un esquizoide. Un gobierno pataleante, ilógico, que libera –ahora sí incondicionalmente- a prisioneros de conciencia que le pesaban demasiado encima, y por otro reprime con los peones de siempre a mujeres valentonas que no se amedrentan por pedradas o excesos de vulgaridad.

Por momentos desbloquean sitios y blogs hasta hace poco vedados al internauta nacional, y luego intensifican y perfeccionan sus métodos de pelea digital.

La realidad habla por sí sola: un panorama sin equilibrio, sin consistencia ni estabilidad. Un país gobernado, en teoría, por un militar fronterizo al que le aterra hablar, y en la práctica, por un anciano que promete la libertad de cinco encarcelados antes de un diciembre que nadie sabe de qué año será.

Por eso cruzo los dedos, con una fe por momentos poquita (pero creciente), y confirmo las sabias palabras del padre José Conrado: sí, yo también sostengo que es momento de poner energía y buen pensamiento, y destinar la honradez y el valor, dentro y fuera de Cuba, en pos de una democratización que muy a pesar de sátrapas empecinados, parece asomar en la distancia con paso lento, pero real.

Fonte: “El Perqueño Hermano

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